Han pasado tres días desde el asesinato de Carlos Manzo, presidente municipal de Uruapan. Tres días de luto, de rabia y de un eco que no se apaga. Tres días también de movilización constante: desde vigilias silenciosas hasta protestas multitudinarias que han llenado las calles de Morelia, Apatzingán y Uruapan. No es menor el hecho de que quienes encabezan estas manifestaciones son, en su mayoría, jóvenes estudiantes. En un país acostumbrado al miedo, ellos han decidido no callar.
La muerte de Manzo ha traspasado la frontera del duelo político para convertirse en símbolo del hartazgo social. Su rostro, impreso en carteles, veladoras y murales improvisados, se ha vuelto emblema de una sociedad agotada por la inseguridad, la impunidad y la descomposición. Manzo ya no solo representa a un municipio, sino a un país donde parece tener más mérito cantarle a la violencia que a la paz.
Lo que ha ocurrido en los últimos días merece una lectura más profunda, porque la indignación social reaccionó en horas, no en días, ni semanas o meses, tal pareciera que estaba a flor de piel, lista para explotar, como cuando hay palabras atoradas en la garganta.
Y es que apenas se conoció la noticia, jóvenes universitarios y preparatorianos organizaron marchas, coordinaron puntos de encuentro en redes y tomaron las calles con una claridad que desarma. Son ellos quienes, han levantado la voz por la justicia, y al hacerlo, están marcando el pulso de una nueva conciencia cívica en Michoacán.
Resulta inevitable recordar que cada vez que la juventud se organiza, la historia se sacude. Así ocurrió en el 68, en el CU de los ochenta, en el movimiento #YoSoy132. Hoy, esa misma energía resurge en un contexto más violento, más incierto, más fragmentado. Pero también más urgente. Que sean los estudiantes quienes encabecen esta respuesta habla de una sociedad que aún no ha renunciado a creer que la justicia es posible, que la paz no se decreta, se exige.
Michoacán vive una calma contenida, sostenida con “pincitas”, como muchos dicen. Pero esas mismas pincitas hoy sostienen también una esperanza: la de ver que la juventud no es apática, que los salones, las aulas y los pasillos universitarios están volviendo a ser semilleros de pensamiento crítico y compromiso social.

¿Qué significa que sean los estudiantes quienes estén al frente de estas manifestaciones? Significa que la política ya no tiene el monopolio de la indignación. Significa que hay una generación que está dejando de esperar y ha decidido actuar. Significa que las nuevas generaciones ya no se conforman con discursos vacíos ni con condolencias oficiales; quieren justicia, resultados, paz real.
Carlos Manzo ya es más que un nombre. Es una consigna, una advertencia y una esperanza. Su muerte duele, pero su memoria está encendiendo una llama en quienes pueden cambiar el rumbo del país: los jóvenes. Y si algo ha demostrado la historia, es que cuando la juventud toma las calles, el poder tiene que escuchar.




